Cabala y Psicología
Tratamiento de
la Ansiedad
Un
Enfoque Cabalístico de la Salud Mental
Parte 10
Transformar
el Mal en Bien
Es axiomático en el judaísmo que con el progreso de
los tiempos, cada generación que se va
alejando del momento de la entrega de la Torá, se encuentra en un nivel
espiritual inferior a la que le precedió. La inmensa revelación Divina que se introdujo
en la conciencia colectiva del pueblo judío en el monte Sinaí, se fue diluyendo más y más con el
transcurso del tiempo. Esto nos fue dejando
progresivamente menos perceptivos de la penetración de la maldad dentro de
nuestra mente subconciente, por un lado, y menos
capaces de combatirla, especialmente en sus
formas más sutiles, por
otro lado. Entonces, con el avance de la historia
se cambió gradualmente el énfasis en el proceso
personal de autorefinamiento del judío a través de desarraigar
directamente su maldad interior (cosa que podía lograr fácilmente porque había menos maldad en él y porque era sicológicamente más fuerte para la tarea),
por simplemente ignorarla (de momento que está atrincherada en su
interior y no es suficientemente sano para darle
batalla directamente).
Así, por un lado nos
encontramos en el fondo de un largo y prolongado
descenso desde las alturas espirituales que
nuestra nación experimentó en el monte Sinaí, asediados por una mayor
oscuridad, males internos y ansiedades que
cualquier generación de judíos anterior a la nuestra.
Por otro lado el inminente amanecer de la redención ya nos está elevando hacia nuestra más encumbrada personalidad,
y entonces sentimos el poder del orden mesiánico corriendo por
nuestras venas. Este llamado a la acción, si bien temperado por
una prudencia madura, nos envalentona para
enfrentar el mal de una manera que las
generaciones previas estaban acertadamente
reticentes a encarar.
De momento que
somos capaces de hacerlo, se transforma en
nuestra responsabilidad, porque el advenimiento
del Mesías depende de la
liberación de las chispas
de bien atrapadas dentro del mal. Entonces, la
revelación del mal dentro
nuestro para transformarlo en bien se vuelve no
solo algo de nuestro máximo interés, sino también nuestro deber sagrado.
El poder que el
mal tiene sobre nosotros, haciéndonos pecar, es el poder
de la ilusión. Ninguna
persona inteligente hace adrede e
intencionadamente cosas que lo perjudican. La
persona consiente pecar, sólo cuando se ha
convencido (u otros lo convencieron) de que ese
pecado en particular no lo va a dañar, o que lo va a hacer en
forma temporaria, o que el perjuicio va a ser
superado ampliamente por los beneficios que
brinda. Probablemente en la mayoría de los caso, el mal
triunfa porque convence a la persona de que es
para su mayor beneficio, y aún su máximo beneficio sucumbir a
sus tentaciones. El placer ofrece tales promesas
de éxtasis sublime, que nos
quedamos convencidos de que puede mejorar
inconmensurablemente nuestras vidas.
Posteriormente,
sin embargo, la realidad nos golpea y admitimos
para nuestra desason que hemos sido embaucados.
Esta tentación fue un embuste;
el alza fue sólo momentanea, y
al despertar nos quedamos con sentimientos de
bajeza y traición de mal gusto.
Hay dos caminos para reaccionar a semejante
apercibimiento. A partir del remordimiento por
haber dado ese negligente paso en falso, la
persona puede resolver no cometer otra vez
semejante error.El temor a traicionar a Di-s (y a
la Divinidad dentro de sí mismo) lo motiva
a identificar y resistir la próxima vez las tácticas del mal. Ahora que
se ha elevado a un nivel de conciencia de Di-s en
que es claro que sus faltas previas fueron
resultado de que ha sido engañado, ha transformado
efectivamente esos pecados intencionales
anteriores en involuntarios. De haber sabido
entonces lo que sabe ahora, nunca hubiera pecado;
por consiguiente, la única razón por la cual pecó es porque actuó bajo el influjo de una
ilusión. Nunca tuvo la
intención de causar el
efecto que de hecho ocasionó el pecado.
En un nivel más profundo, la persona
puede mirar retrospectivamente el pecado que
ahora deplora y considerar cuál fue el motivo que lo
hizo sucumbir. El modo en que el mal lo indujo a
cometer el pecado fue prometiéndole algún estímulo o emoción, alguna ráfaga de exuberancia,
penosamente ausente en su opaca vida. De momento
que Di-s es la fuente de toda vida verdadera, la
maldad se disfrazó de santidad y
entonces fue tentado por sus tretas; la promesa
de que Di-s estaba en el pecado fue lo que lo
llevo a cometerlo. El mal jugó con el deseo innato en
cada judío de conocer a Di-s
de la manera más completa
posible. El contexto de la estratagema fue por
cierto malo, pero su germen fue la chispa de
divinidad en su interior. Cuando una persona
tiene éxito en aislar la
sagrada semilla de su contexto malvado, puede
centrar su atención en ella y ver
qué fascinación tiene para él.
Por ejemplo,
digamos que una persona está acechada por un
complejo sicólogico que podríamos llamar "pasión por viajar". Sueña constantemente en dejar
a su esposa y su familia y viajar alrededor del
mundo explorando sitios pintorescos y subyugantes.
Constantemente lo obseciona el pensamiento de
hacer esto, no dejándolo concentrar
en nada ni nadie más, forzándolo a gastar hasta su último centavo en revistas
de turismo, y desperdiciar hora tras hora viendo
programas de viaje.
Ahora, si
observamos más de cerca la
vida de este individuo, podemos ver que se
encorsetó a sí mismo en una existencia
de ardua labor, dejando escaso, sino nada de
tiempo para el relax o la expansión. El primer paso debe ser
entonces dejarlo que salga de viaje una o dos
veces al año si lo desea.
Sin embargo,
aparte de esto podemos rescatar del fondo de
este mal la necesidad legítima de estímulo y entusiasmo que hace
la vida desafiante e interesante. Di-s quiere que
nuestra relación con él sea tanto disciplinada
como inspirada, regular y espontánea. Acaso cuando esta
persona se topa con una idea interesante en sus
estudios de Torá, la que le
gustaría seguir o
investigar, se deshace de su pensamiento diciendo:
"No tengo tiempo para esto, tengo que
terminar primero las obligaciones diarias de
estudio que me fije, y luego tengo que procurar
también sustento para
mi familia". O quizás no se permite
concentrar en la plegaria como podría, por temor a perder
trabajo (durante la semana) o por dejar esperando
a su familia (en shabat). Se niega la emoción de dejar que su
imaginación lo lleve a
reinos inexplorados de su propia personalidad o
de su relación con Di-s y el
mundo.
Tal persona ha
ahogado un aspecto de su personalidad por razones
nobles. Sin embargo, estas facetas de su alma
claman por su atención. Si no se le
permite al alma obtener lo que necesita en un
contexto saludable y santo, generará urgencias que conseguirá en otros contextos. Negándose una salida santa
para sus urgencias legítimas de
estimulación, las ha forzado
a aflorar en caminos destructivos. La solución podría ser aquí asignar un tiempo para sí mismo, para seguir el
sendero por el que su alma Divina desea
conducirlo de cuando en cuando.
Así, más allá de la primera reacción de nunca más, la respuesta profunda
es aislar el germen de bien dentro del mal, y
reorientar la búsqueda desde su
contexto dañino hacia uno de
santidad. El mal sirve entonces como motivación para buscar y revelar a
Di-s de una manera más intensa que lo
que la persona pensaba antes de haber pacado.
Cuando una persona hace esto, ha efectivamente
trasnformado sus pecados intencionales en méritos. A causa del pecado,
procura a Di-s y lo ama en un nivel superior que
como lo hacía antes.
Cuando alejarse
del pecado está basado en el
temor a sus concecuencias, vivimos en una atmósfera de amargura y
paranoia. Cuando está basado en la
transformación del mal,
vivimos en un ambiente de alegría, amor y perdón.
Originalmente,
describimos el proceso terapéutico como uno en
el que cada etapa era un incremento en el
consentimiento renuente de la necesidad de
enfrentar el mal interno. El ingreso a la etapa
siguiente se debía al fracaso de
la etapa anterior por deshacerse del problema. En
cambio, en el contexto que acabamos de describir
cada paso nos acerca al objetivo final: dejar al
descubierto el mal oculto en todos sus
significados y su transformación en bien. Así cada etapa sucesiva es
una fase preparatoria que nos conduce a la próxima, como vamos a
describir en el capitulo siguiente.
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