Cabala
y Medicina
La Curación del Cuerpo y el
Alma 
Parte 12
Los
Sistemas Fisiologicos – El Modelo Ampliado
Luego del análisis básico del cuerpo
que presentamos en los capítulos anteriores,
podemos proceder ahora a un análisis más
detallado, en el cual cada una de las diez
propiedades del alma es asociada explícitamente
a un sistema fisiológico del cuerpo. Del mismo
modo que en muchos modelos, cuando se analizan en
paralelo al marco de referencia de las diez sefirot
de la cabalá, en el curso del análisis también
las diez propiedades generales del alma se
subdividirán de esta manera, aunque en esta
presentación se las distribuyen según doce
categorías que corresponden a los sistemas
fisiológicos básicos del cuerpo.
La primera propiedad, la corona
supraconciente o keter corresponde al
sistema respiratorio, el conducto físico por el
cual entra al cuerpo el espíritu de vida. Cuando
Di-s creó al hombre, “formó al hombre del
polvo de la tierra, e insufló en sus narices el
aliento de vida”. Este aliento de vida
proviene de Di-s en lo alto, la fuente de toda
vida. Al respirar internalizamos aquello que es
exterior a nosotros, inhalamos de lo que está
por encima nuestro. La palabra hebrea para “inhalar”
(sheifá) significa también “aspiración”.
Así, respirar es una expresión del deseo innato
del alma de ascender e ir más allá de su ser
conciente, hacia la esfera de su enlace
supraconciente con la Divinidad (como es
vivenciado en su fe, placer y voluntad
supraracional, las tres cabezas de keter).
Jojmá, la iud del Nombre
de Di-s, corresponde a la médula ósea. Las
investigaciónes médicas de avanzada consideran
a esta como un sistema por derecho propio. Es
responsable de la producción de las células
sanguíneas, la unidad biológica más básica
del cuerpo. Así como la médula ósea produce
estas células, también todo se origina en jojmá,
ya que “Tu has hecho todo con sabiduría”.
Biná, que está en el lado
izquierdo del árbol de las sefirot, es
asociada con la sangre propiamente dicha,
considerada también ultimamente como un sistema
en si misma (en adición al sistema de los vasos
sanguíneos). Esta sefirá, que significa “construir”,
recibe su materia prima de jojmá, la médula
ósea, ampliando su información codificada. En
cabalá, biná es denominada la “madre”,
cuya contribución primaria a la formación del
hijo son los aspectos rojos de su cuerpo, como se
establece en el Talmud. Por el contrario, jojmá
es llamada el “padre”, que genera las partes
blancas del cuerpo, como los huesos.
Estos dos sistemas fisiológicos
relativamente abstractos, la médula ósea y la
sangre, asumen en el cuerpo los roles generales
de “padre” y “madre” y funcionan juntos
en perfecta unión. En cabalá, la unión
permanente de los principios “padre” y “madre”
es responsable de la creación continua de la
realidad. En las palabras del Zohar: el
padre y la madre (en nuestro contexto la médula
ósea y la sangre) son dos “compañeros que
nunca se separan”. Su unión, que expresa el
poder creativo interior del alma viviente, es
continua así como la médula ósea crea
continuamente nuevas células de la sangre.
La sefirá que está
directamente por debajo de jojmá en el árbol
sefirótico es jesed, que está
personificada por el primer judío, Abraham, como
se ve en el versículo: “Da bondad a
Abraham”. El valor numérico del nombre de
Abraham, 248, es equivalente al número de huesos
del cuerpo, como está detallado en la Mishná, y
al número de mandamientos positivos de la Torá.
Consecuentemente, jesed, que es el
atributo de Abraham, es identificado con el
sistema óseo.
La frase “el Di-s [o la fuente de
vida] de Abraham”, es interpretada en
cabalá como refiréndose a la fuerza que enmarca
o abarca desde arriba a Abraham, el poder de jojmá
localizado por encima de jesed. Los huesos
actúan como los recipientes o contenedores de un
nivel más abstracto, la médula ósea.
Entonces, “el Di-s de Abraham” alude
al sistema de la médula ósea por sobre el
sistema óseo.
Mientras que biná alude a la
sangre, es la propiedad ubicada por debajo de
ella en el eje izquierdo del árbol de las
sefirot, guevurá o restricción, que le
da “forma” y dirección a la sangre,
controlando su circulación a través del cuerpo.
El poder de restricción canaliza la sangre y la
dirije hacia recipientes específicos que, de
acuerdo con la cabalá, son las 365 arterias y
venas mayores correspondientes a los 365 días
del año solar y los 365 mandamientos negativos
de la Torá. A pesar de que en principio podemos
ver la sangre y los vasos sanguíneos como un
sistema único, como ya mencionamos ahora se
consideran dos sistemas separados. En jasidut
estudiamos que la fuerza de contracción (guevurá)
que los vasos sanguíneos ejercen sobre la sangre
misma sirven para fortalecer la fuerza de vida
inherente en la sangre.
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