Cabalá y
Educación
Parte
39
Sabiduría,
Temor al Cielo y Humildad
En el libro de los Salmos, el Rey David
enseña que: “El principio de la sabiduría
es el temor a Di-s”. De este versículo -como
también de otros proverbios de los sabios tales
como “donde no hay sabiduría no hay temor”-
se desprende una equivalencia entre jojmá
(“sabiduría”) e irá (“temor al
cielo”). El Talmud va más allá y enseña que
“Tres cosas son equivalentes entre sí: temor
al cielo, sabiduría y humildad”. Los
comentaristas talmúdicos conocidos como Tosafot,
explican que esto significa que una persona no
puede alcanzar una sin las otras dos, no hay
temor al cielo sin jojmá, no hay jojmá
sin temor al cielo y ninguno de los dos sin
humildad.
Esto significa que
cuando somos temerosos del cielo cultivamos jojmá
(o sea coaj má, que el autodesinterés).
La autogratificación y el ensalzamiento propio
son las raíces más sutiles del pecado. La jojmá,
por otra parte, requiere humildad, que sólo se
logra con la autocrítica. Cuando reflexionamos
regularmente sobre nuestro comportamiento con un
ojo crítico, estamos evitando caer en la
complacencia y las justificaciones.
La verdadera
concreción de lo anterior está en cumplir con
el dicho de los sabios: “Entrega a El lo que es
Suyo, porque en definitiva tú y todo lo que te
pertenece son Suyos”.
Como también lo
afirmó el rey David: “Porque todas las cosas
provienen de Ti, y de lo Tuyo te hemos devuelto”.
Este es el máximo desinterés, cuando
reconocemos que Di-s es el medio y el fin, El es
todo y nosotros somos nada.
En resumen, como
se prescribió previamente, la autocrítica no es
un fin en sí mismo, sino un medio para servir a
los demás. Su propósito es disolver el ego
antes que fortalecerlo, crear dadores en vez de
receptores. Pero la autoexploración sólo por sí
misma puede degenerar en autoindulgencia, lo que
fomenta centrarse en uno mismo en vez ser
generosos. Reflexionar sobre uno mismo sólo es
productivo según nuestra habilidad de vencer al
ego. Aquellos que se esfuerzan más allá de su
capacidad de autodesinterés pueden acabar
magnificando sus tendencias neuróticas en vez de
eliminarlas. Este es un balance peligroso y
delicado.
La autoreflexión
honesta profundiza nuestra capacidad de ser
compasivos, sensibles a las necesidades del prójimo.
A medida que nos concientizamos de nuestra propia
inclinación hacia el egoísmo y la justificación
aparentemente racional de nuestros actos, nos
arrepentimos de ellos y peleamos contra esto
descubriendo así diferentes caminos para
sobreponernos de manera tal que podamos
compartirlo con los demás. Entonces nos volvemos
un “compañero de viaje” en vez de un dedo
acusador. Las palabras que provienen desde un
lugar de semejante humildad son endulzadas con
compasión antes que aguzadas con una acusación
y por esta razón penetran en el corazón del
receptor y lo influencia positiva y
productivamente.
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