La Torá, especialmente la cabalá,
su dimensión interior, es llamada shaashuim,
"deleites", insinuando que para Dios la Torá es como un
juego. Una parte del juego conferido al hombre es crear un
lenguaje con el cual pueda poner nombre a las cosas nuevas
que se vayan descubriendo. La primera actividad de Adam, el
primer ser conciente, fue poner nombre a cada criatura que
Dios le acercó con ese objetivo.
Similarmente, se nos enseña que el Mashíaj inventará nuevas
palabras, obviamente basado en las permutaciones de las
raíces gramaticales hebreas conocidas. De esto podemos ver
que el ser humano tiene la habilidad innata de dar nombre a
cosas nuevas que ve a su alrededor y el poder conceptual de
darles el nombre correcto. De momento que Dios creó el mundo
con Sus 10 luces, que son las 10 sefirot y los 22
recipientes, las 22 letras del alfabeto hebreo, el nombre
apropiado para cualquier objeto es la palabra cuyas letras
hebreas en esa determinada combinación y permutación le
sirva de canal a ese artículo para su recreación continua.
Al
encontrarnos con tres nuevos planetas, aunque aún no han
sido nombrados en hebreo, Urano, Neptuno y Plutón, podemos
sugerir nombres hebreos para ellos basados en sus posiciones
en el árbol sefirótico y en el significado profundo de sus
correspondientes sefirot. Urano podría ser llamado Tam,
una conjugación de la raíz temimut, ingenuidad, el
sentido interior de la sefirá de hod. Amitai
podría ser el nombre de Neptuno, de acuerdo con el
significado interior de la sefirá de iesod, emet
o verdad; mientras que Plutón podría recibir el nombre de
Shaful, de la raíz shiflut, humildad, el sentido
interior de la última sefirá, maljut.